Para qué sirve un paisaje
DAVID TRUEBA director de cine
Dominical 30/08/09
Para qué sirve un paisaje? Me he hecho muchas veces esta absurda pregunta. Supongo que también los concejales, los constructores y los ministros de Obras Públicas se preguntan a veces lo mismo, pero ellos seguro que lo hacen así: ¿para qué narices sirve un paisaje? Porque les debe parecer un desperdicio ver ese lugar, por bello que sea, sin hacer pasar por allí una autopista, una vía férrea sin "tunearlo" o montar una promoción de viviendas. Para ellos, un paisaje es una oportunidad. Todo el mundo sabe que mirar un paisaje es una manera como otra cualquiera de relajarse, de hacer turismo. Hay esos miradores dispuestos para que todo el mundo aprecie un paisaje que se ha hecho famoso o imprescindible de visitar. Y hacemos ante esos paisajes lo mismo que hace un turista cuando piensa: ¡ya está!, ¡ya lo he visto!, a otra cosa. Pero un paisaje es mucho más que eso. Un paisaje es un espejo donde estás tú frente a la belleza o grandeza de la vida. Por eso ningún paisaje es dos veces el mismo, como nadie es el mismo en dos momentos diferentes de su vida. Lo hermoso de un paisaje no es su composición concreta, su belleza plástica, su esteticismo más o menos rotundo, sino la significación que cobra para nosotros cuando lo reencontramos o cuando en un momento determinado se une a nuestro estado de ánimo y es como si uno se marchara con la montaña a cuestas, la puesta de sol grabada en la piel o el arroyo metido en las venas.
Un paisaje puede ser como una canción hortera, de esas que nos obligaban a oír machaconamente en los veranos de la infancia y que nos descubrimos tarareando 30 años después, porque, sin quererlo, se nos metió dentro. Un paisaje puede ser un descubrimiento irracional, un mensaje en clave. Un paisaje puede parecerse a ese poema que leemos una tarde y parece que está hablando de nosotros, que lo habríamos escrito nosotros si hubiéramos sabido poner una palabra detrás de otra con tino y gusto. Lo bueno de un paisaje, de un paisaje que te habla, es que es tan grande que la mano humana tiene poco que hacer sobre él, salvo para destruirlo. Por lo tanto, tiene algo de superior. Sobre nosotros ejerce una potencia que sólo nos puede llevar a la sumisión. El que no se siente pequeño frente a una costa, una laguna, un bosque o un riachuelo, o es tonto o es un ególatra irremediable. El paisaje estaba allí antes que nosotros y lo estará después si lo respetan, sobretodo en este país de asesinos de paisajes. El paisaje puede ser un bofetón, un abrazo, una caricia o una puñalada, depende de en qué momento te enfrentes a él. Uno no puede fabricar paisajes, a lo más que llegamos es a montar un jardincito. A veces un paisaje ha estado delante de nosotros toda la vida y sólo lo descubrimos muy tarde, cuando nos toca despedirnos de él o reencontrarlo después de demasiados años de ausencia. A veces, uno tiene ganas de gritarle a la gente: menos autoayuda, menos pastillas y más paisaje. Más enfrentarse con la grandeza de verdad desde nuestra fantástica pequeñez.. Pero no lo dices, porque tú mismo has tardado demasiado en descubrir lo importante que puede ser aquel paisaje.
